El mundo allá afuera me grita sin voz,
y yo en el sofá, con el miedo feroz.
No es pereza, no es juego, no es dramatizar,
es mi cuerpo temblando por tener que salir.
La luz de la calle me duele en la piel,
mi puerta cerrada es todo lo que sé.
No puedo mirar a los ojos de nadie,
porque siento que exploto, que caigo, que arde.
Mi casa es mi jaula, mi mente, prisión.
El aire me falta aunque no haya razón.
Girar la esquina me rompe por dentro,
y nadie lo sabe…
porque finjo sonriendo.
Me muero en silencio…
pero desde adentro.
He cancelado amigos, llamadas, lugares,
por miedo a perderme, por no desmayarme.
Mi cuerpo se asusta aunque todo esté en calma,
y nadie comprende el temblor de mi alma.
Y no, no lo elegí, no me gusta este encierro,
no quiero este miedo, no quiero este invierno.
Solo quiero poder salir a la calle
sin sentir que el mundo
se viene a estrellarme.
Mi casa es mi jaula, y yo no soy libre.
Mi sombra me pesa, mi mente me escribe:
“No vayas, no hables, no te muevas hoy”…
y obedezco al miedo
como a un dios sin voz.
Me muero por dentro…
pero nadie lo vio.
Si un día salgo… y no vuelvo jamás,
no fue por el mundo.
Fue por no poder más.