Empezó gritando el miedo, sobre la garganta muda lo desnuda el desespero.
La masa que sosegad el aliento, se agita de temor por su manta de muerte, que atiborró de espanto sus entrañas de roja negra como la noche que a veces parece liviana.
En el dintel de la tumba, los huecos sin ojos ya no miran al otro lado los cuerpos cansados de las noches sin sueño.
Tanto tiempo aquí sin vida, se va perdiendo la imagen entre los olores ya no mansos, son aquellos los que destruyen la quietud del apetito del reposo, entre las Américas, que no despiertan el olor a musgo, a finos pelos de desmayadas flores, que van refrescando las pieles sin gracia y dejan latigazos de un moribundo deseo que se corre entre grasa de muslos que hace gemir a la niña de malos hábitos amorosos, pobre loca, que llevas pedazos de lágrimas en los moribundos pañuelos de demencia.
Ya bien mal vivimos con la noche que arropa los resplandores que reflejan nuestros enfermos pasos.
Ahora en la quietud de la garganta sin vocales, grita más cuando de vez en cuando dejan de golpear mis oídos sin sentido.
Palabra estremecedora llega de repente de lo perdido, ahora cuando anhelo estar tranquilo a pasar media noche abrazado a la vitamina que sabe obsequiarme el sueño barato.
Desde hoy, llevaré en mí cajón de descanso, dos muertes de las que apenas me besa algo de mí algo, jamás negaré mi plañidera a las bocas que dejaron con sus gritos, la verdad pegada en el viento.
[Violin Solo]
[Guitar Solo]