Hace un año, mi vida era sencilla y tranquila. Tenía 20 años, ya faltaba poco para cumplir mis 21, y estaba lleno de energía y confianza. Mi piel, antes suave y sin imperfecciones, era una de las cosas de las que más me enorgullecía. Me sentía bien con mi cuerpo, libre de manchas o incomodidades, disfrutando de las pequeñas cosas de la vida. Sin embargo, todo eso cambió cuando empecé a trabajar en la escuela. No sabía que mi vida estaba a punto de dar un giro inesperado.
Al principio, no le presté mucha atención, pero con el tiempo, una extraña picazón comenzó a recorrer mi piel, seguida de ardor y una sensación insoportable que no me dejaba descansar. La dermatitis, como me explicaron, se apoderó de mi cuerpo de manera agresiva. Los días se hicieron interminables, las noches sin sueño, y los comentarios de los demás sobre mi enfermedad fueron cada vez más dolorosos. Decían que parecía tener "sarna humana" o "algo raro", como si mi piel hubiera sido maldita.
En muchos momentos, me sentí como Job, el hombre justo que, según la Biblia, fue probado por el dolor y la adversidad. Job, un hombre que vivió en la abundancia y la felicidad, fue golpeado por la enfermedad, el sufrimiento físico y la incomprensión de aquellos a su alrededor. Como él, me vi sumido en un dolor profundo, no solo físico, sino también emocional. La piel, ese órgano tan visible y que define tanto de cómo nos vemos y cómo nos ven, se convirtió en un símbolo de mi lucha interna. Como Job, mis amigos y familiares empezaron a alejarse, quizás no por maldad, sino por la incomodidad que mi enfermedad generaba.
Pasé semanas, meses, buscando soluciones, probando cremas, remedios caseros y tratamientos médicos. La picazón persistía, y con ella, la angustia. Cada vez que intentaba descansar, no podía. El cansancio me drenaba, pero el deseo de sanar era más fuerte. En ese tiempo, recordé la historia de Job, cómo él, a pesar de las pruebas más duras, nunca perdió la esperanza. Él cuestionó, lloró, y se sintió solo, pero nunca se apartó de su fe.
Yo también empecé a cuestionarme, a preguntarme por qué me estaba sucediendo esto, pero decidí que no dejaría que el sufrimiento me definiera. Al igual que Job, comencé a entender que mi valor no estaba en mi cuerpo ni en mi piel, sino en cómo enfrentaba las pruebas que la vida me ponía.
Hoy, aún con dermatitis, sigo luchando. No siempre es fácil, pero intento encontrar momentos de paz en medio del ardor y la picazón. Mi piel no es la misma, pero aprendí que, al igual que Job, hay algo dentro de mí que es más fuerte que el dolor físico: la voluntad de seguir adelante, de aprender de las adversidades y de encontrar la esperanza en medio de la oscuridad