De un pueblo de Tlatlaya una mujer alzó su vuelo,
hacia Houston, Texas fue, con una gran ilusión.
Fue tan grande su sorpresa, que la vida sin consuelo
la llevó por esos rumbos a una mala situación.
Entre el polvo y la oración,
una madre con tres hijos enfrentaba su dolor.
El amor de sus viejitos la ayudó a resistir,
aunque un día inesperado su padre llegó a su fin.
Con el alma hecha pedazos, pero firme en su misión,
ella alzó su vista al cielo pidiendo una bendición.
Y aunque el mundo la golpeaba sin piedad ni compasión,
el amor por sus muchachos fue su gran resurrección.
Aún recuerda aquel día en que entre lágrimas decía:
“Dios, tú mira mi tristeza, mi dolor y mis heridas”.
Era tanto el sufrimiento que ella aún no comprendía,
que sus mejores guerreros las batallas ganarían.
Todo aquello era un proceso que su vida cambiaría,
mas las cadenas del pasado no rompía todavía.
Justo en ese momento, cuando el alma ella perdía,
Dios llegó a su encuentro… y libertó su vida.
Él rompió las duras cadenas que su alma destruían,
y desde entonces ella dice que hoy vive agradecida.
Dios perdonó sus pecados y salvó también su vida,
y con gozo y alegría testifica su dicha.
Ella dice a sus hermanos: “Cristo sana las heridas,
Él restaura nuestras vidas;
tus rodillas son las armas que vencieron las espinas”.
Hoy sus hijos dan testimonio de su amor y poesía,
porque Dios fue su refugio…
y su fe, la melodía.
[Female Vocal]