Asomándome al margen de mi desesperación, traspasé con mis deprimidos ojos, un lánguido resplandor en los pliegues del aura mía.
Descubrí en su débil sombra, algo cercano al rostro de un anciano triste.
En vano busqué un ligero alivio a mi endeble conquista, que estaba recluido, de algo que parecía emancipado.
Eché memoria, y no encontré el recuerdo donde agoté mis últimas provisiones de mi encanto.
Seguramente, asesinas esquirlas de mi lánguido cariño, habían aprendido a distinguir el color de los versos estúpidos.
Me di cuenta enseguida, que estaba perdiendo mi encanto en esta virtud.
Por mi fatiga heredada, no seré inhumano con mi voluntad, tampoco reduciré a muerte súbita los fumantes tizones de mis huesos, que logren vivificar los rescoldos de un invierno familiar a los meses próximos.
Quiero encontrarme sinvergüenza y altivo en los pliegues de una moribunda tarde, y desaparecer en los relojes de los colores tostados en los versos de tu angustia.
Tu cara y mi rostro, volverán a encontrar en esta guerra flagelada, una sonrisa más sincera.
Supongo, que las preguntas que teníamos irresueltas, ya no serán tan importantes ahora que reina el amor en nuestro pecho.
Sobre los cálidos vientres, la ternura volverá a triunfar en un encuentro de hacerte nuevamente de mis huesos.
Y nuestra carne, donde se alimenta el deseo, propagará de nuevo, los millones de niños, que buscan con afán, el perdón curtido.