El tercer hombre bajó con temor
Al cráter ardiente del rencor y el amor,
Pues es tan fina la línea divisoria
Entre el sano juicio y la paranoia.
Lamiéndose del los labios el aceite del placer
Jugó su suerte con la muerte y ya no se pudo devolver.
Mientras los otros dos veían esto acontecer
El uno decidió los hechos constatar
Por si acaso en la premura hubiese observado mal.
Bajó sentado la curva empinada del volcán y de su destino el restante no lo pudo rescatar.
El tercer hombre fue gusano ardido,
Víctima de sus pasiones prendió fuego en desvarío,
Hubiera gritado de haber podido,
Que mucho cuidado, que había peligro
Para que los dos compadres no sucumbiesen a su torpeza en el destino.
La última silueta figuraba consternada
De llegar con dos y de repente pura nada.
Tuvo el instinto de escapar, pero no obstante, quería investigar de aquel cráter los embates.
Semi convencido decidió
Rodar cuesta abajo a su infalible perdición,
Y antes de sucumbir a la muerte inminente
Maldijo tal incidente
Si bien pudiera haber creído en lo que vio.
Muchas veces una se empecina en no creerle a la vida.
Elegimos laberintos cuando al fin encontramos la obvia puerta de salida.
El tercer hombre, testimonio ardiente
Para todo aquel que es más insensato que valiente.