Dicen que en tierras del Norte,
donde el frío sabe pegar,
nació un morro en el ochenta y cinco
con destino de avanzar.
Muchos ya conocen al hombre,
porque nunca se ha de rajar.
Desde plebe entre batallas,
la vida lo hizo aguantar;
y aunque el camino esté duro,
no lo pudieron doblar.
A todo le ha hecho el compita
pa’ a su familia respetar.
En las calles de Cuauhtémoc
se oye un rugido tronar,
sus iniciales R S O,
que pocos van a topar.
Calladito pero impone,
tiene un modo de mandar.
Entre turnos y sirenas
le tocó siempre apoyar;
y en la noche, entre las sombras,
aprendió a nunca temblar.
El que nace con coraje,
ni la vida lo hace bajar.
Tiene un pilar en la vida,
una fuerza sin igual:
su esposa, que en cada paso
lo acompaña al caminar.
En lo bueno y en lo malo,
ella siempre lo ha de alzar.
Hoy su familia es su escudo,
su fuerza pa’ caminar;
tres razones que lo alzan
cuando el viento quiere dar.
Por su esposa y por sus hijos
se deja el alma al andar.
De amistades ya no espera,
la traición vino a enseñar;
que una mano es suficiente
pa’ quien sabe respetar.
Y hasta sobran los dedillos
pa’ contar quién sí es leal.
Le fascinan los motores,
la pintura y lo metal;
las trokas de porte bravo,
ese es su mundo real.
Entre rines bien brillantes
manda firme al manejar.
Y en sus gustos no hay revueltas,
eso ya quedó probado:
la banda que truena fuerte,
la tuba de lado a lado;
sierreño con tololoche,
acordeón siempre afinado.
Es bueno por las buenas,
pero no lo hagan enojar…
ruge el motor y el genio,
y ya no lo van a parar.
Porque R S O es tranquilo,
pero sabe reaccionar.
Y si un día ya no está aquí,
que su nombre no se olvida;
que en Cuauhtémoc lo recuerden
por su forma y por su vida.
Su legado va en su esposa,
su pilar de noche y día,
y en los tres que le dieron
la razón de su porfía.
Y si un día oyen su corrido,
que se cuente la memoria:
ahí quedaron sus pisadas,
su respeto y su victoria.
Porque sus iniciales R S O
las dejó marcadas en gloria.