Verdugo Silencioso
El despertador es un golpe, un grito en el vacío,
Arrastro mi cuerpo al espejo, directo hacia el frío.
Lo que veo no es mío, es un robo, un descaro:
Un extraño cansado habitando mi rostro, ¡qué raro!
Desperté esperando que el futuro tardara,
Pero el tiempo es un cuchillo que lo nacido separa.
Siento el peso de los años, un plomo que me consume,
Cada latido es el eco de un sueño que no presume.
¡Maldito reloj que no sabe, que no quiere parar!
Tus horas son clavos de hierro que me vienen a sentenciar.
La vida nos tumba, nos quita aquel último adiós,
El abrazo apretado que el tiempo se llevó de dos.
Una sonrisa rota, un "hasta luego" incompleto...
El reloj es mi verdugo, el silencio es mi techo.
El cuerpo ya se queja, la enfermedad es mi pareja fiel,
Y las sillas vacías en la sala gritan sobre mi piel.
Llaman a los que el viento arrastró, nombres ausentes,
La familia se escapa entre dientes y entes.
Le ruego al tiempo, de rodillas: "¡Dame un segundo más!"
Pero la nostalgia es un puñal de metales desiguales.
Lloro la hiel negra por las manos que no apreté,
La casa es hoy un museo de ceniza donde me sentaré.
¿Dónde están los que amé? ¿Dónde se fue mi luz?
El camino se apaga al final, cargando mi propia cruz.
¿Dónde están mis hijos? ¿Dónde los pasos de mi sangre?
Mi legado es un río seco, una alma que tiene hambre.
Todo será polvo, ceniza fría que el aire consume,
Hasta que el olvido total mi propio nombre perfume.
El tiempo no perdona el sudor, ni la gloria, ni el llanto,
Él borra el rastro del santo y el lamento de mi canto.
¡Maldito reloj que no sabe, que no quiere parar!
Tus horas son clavos de hierro que me vienen a sentenciar.
La vida nos tumba, nos quita aquel último adiós,
El abrazo apretado que el tiempo se llevó de dos.
Las manos que crearon, ahora tiemblan sin dirección,
Son ramas secas de un árbol muerto en el salón.
La memoria es traicionera, borra lo que tenía color,
Deja solo el gris, el rastro amargo del dolor.
Vendrá una familia que nunca sabrá quiénes fuimos,
Se reirán en esta sala, ignorando de dónde vinimos.
Borrarán mi rastro, mi sacrificio será un trasto,
Un rostro sin voz, por ningún labio pronunciado al viento.
¿Tendré un miedo tremendo en mi último adiós?
¿En el suspiro final, solito delante de Dios?
Temblando de frío al ver que el que se va... ¡soy yo!
¡Es mi propia carne arrancándose de mi lado!
¡Yo estuve aquí! ¡Yo existí! ¡Yo amé y luché!
Pero el tiempo no oye el lamento de quien él hizo rey.
Es ahora, al fin, el salto final a lo profundo,
El instante en que dejo de ser el centro de este mundo.
¡Maldito reloj que no sabe, que no quiere parar!
Tus horas son clavos de hierro que me vienen a sentenciar.
La vida nos tumba, nos quita aquel último adiós.
(Tic-tac... el vacío que me come)
(Tic-tac... el frío que no tiene nombre)
Mira bien ese retrato colgado en la pared...
Mañana el retrato es mudo.
Mañana el tiempo se lo lleva todo.
Mañana ese retrato...
Soy yo.