No sé si fue amor, pero dolía más que cualquier despedida,
te sentía en cada esquina vacía de mi vida.
Aunque nunca toqué tus labios,
les lloré como quien pierde su fe,
como quien ve marcharse el sol
y aun así le ruega que se quede.
No te tuve y aun así te extraño…
¿Quién llora por alguien que jamás se queda?
Esta es una carta que jamás vas a leer,
la escribo con pedazos de lo que no supe ser.
Dedicada al fantasma que tanto adoré,
al nombre que en silencio yo pronuncié.
Cuando alguien ama de verdad, rompe cadenas,
pero tú rompiste el tiempo, el alma,
todo… menos tu silencio.
Voy a enterrar tus palabras bajo mi piel,
quitarles el sol para que no vuelvan a crecer,
no las regaré con lágrimas otra vez,
aunque la herida grite que aún te quiere ver.
Ya no más…
aunque mi pecho no aprenda a entender
por qué el amor que no fue
es el que más duele en mi ser.
Fuiste tormenta sin caer en mis brazos,
una promesa suspendida en el aire,
yo me aferré a tus miradas,
y tú… ya estabas en otra parte.
Me acostumbré a esperarte sin horario,
me hice experto en engañar al corazón,
le dije que esperara un poco más,
mientras yo me moría en cada canción.
Si algún día pronuncias mi nombre
que sea sin culpa, sin temor,
yo aprenderé a ser recuerdo
donde tú fuiste mi dolor.
Pero si el destino te pregunta por mí,
dile que fui quien te amó de verdad…
aunque tú nunca lo viste así.
Voy a dejar bajo tierra lo que fuimos,
aunque nunca existió más que en mí,
y en las madrugadas donde tu risa
era el único motivo para seguir.
Esta es una carta que no enviaré,
dedicada a tu sombra, a tu ayer,
al fantasma que tanto amé…
al amor que me enseñó a doler.