La luz del pasillo tiembla
como si dudara quedarse,
la casa aprende mi nombre
porque no viene nadie.
El móvil boca arriba
lleva horas sin respirar,
parece un corazón quieto
que se cansó de esperar.
Las tardes caen despacio
cuando no hay a quién contarle
que hoy tampoco pasó nada.
Y el teléfono no suena,
ni siquiera por error,
solo el eco de mi nombre
rebotando en el salón.
Hay silencios que te hablan
más fuerte que cualquier voz,
cuando el mundo sigue fuera
y tú te quedas en off.
Ceno con recuerdos fríos
en platos que no se acaban,
las risas de antes regresan
solo cuando nadie las llama.
Tal vez me fui apagando
delante de los demás,
no por falta de cariño,
sino por no saber estar bien ya.
No es que no quieran verme,
es que cansa acompañar
a quien siempre va perdiendo.
Y el teléfono no suena,
porque a veces pasa así,
la gente aprende a irse
cuando no te ve salir.
Hay batallas repetidas
que nadie quiere mirar,
y uno acaba entendiendo
por qué dejan de llamar.
No guardo rencor, lo juro,
sé que no es fácil quedarse
cuando el ánimo se rompe
y no sabes cómo ayudarme.
Yo también me cansaría
de verme siempre caer,
de escuchar “todo va bien”
cuando no lo está.
Y si el teléfono no suena
esta noche otra vez,
no todo es abandono,
a veces es no saber qué hacer.
Sigo aquí, sigo aprendiendo
a no odiarme por estar mal,
aunque el mundo se canse a ratos
y yo tenga que esperar
a volver a estar bien…
o al menos un poco más.