Cuando era niño recuerdo
que no conocía el valor,
de aquellas cosas sencillas
que me regalaba el Señor.
Un par de zapatos gastados
y un mundo lleno de ilusión.
Corría detrás de los burros,
jugaba bajo el sol,
con una pelota de trapo
me sobraba la diversión.
No había dinero en la casa,
pero había mucho corazón.
No tuve grandes riquezas,
ni juguetes de colección,
pero tuve los brazos de mis padres
y sus consejos de amor.
Hoy que la vida me ha enseñado,
ya entiendo la lección:
el niño que tuvo tan poco
fue millonario de corazón.
Recuerdo aquellas mañanas,
la escuela y aquel callejón,
los amigos de la infancia,
los sueños de aquel muchachón.
Con las rodillas raspadas
y una sonrisa de campeón.
Pasaron los años volando,
la vida me hizo crecer,
hoy tengo cosas que antes
ni siquiera pude conocer.
Pero daría lo que fuera
por ser aquel niño otra vez.
Porque el oro se va acabando,
y el dinero cambia de dueño,
pero los recuerdos de infancia
se quedan guardados por dentro.
Ahora comprendo la vida:
lo más grande no tiene precio.
La riqueza de un niño
no siempre se puede mirar;
a veces vive en un abrazo,
en un padre, en un hogar.
Y cuando creces entiendes
lo que no supiste valorar:
que aquella pobreza de antes
era riqueza de verdad.