En la cuadra de las huertas retumbaba el eco duro de la banqueta,
cuatro morros bien unidos, cada uno con su receta.
Fer con la sonrisa fina que calmaba la tormenta,
Arturo con las locuras, alma libre y mente inquieta.
Kevin firme y valiente, siempre puesto pa’ aguantar,
y Liz bien cautelosa, nunca la hacían tropezar.
Desde plebes en batalla contra vida y contra escuela,
ya veníamos de barrio, piel de tierra y sangre recia.
Regresábamos bien sucios del deporte y los videojuegos,
las jefas dando regaños: “¡Ya métanse bola de locos!”
Pero el vicio nos llamaba: “una más y nos vamos ya”,
y terminaba en desvelo y en la noche el desmadre caía.
La vida tiró colmillo, puso trampas, puso el reto,
pero juntos resistimos como pacto en el concreto.
Cada quien tomó su rumbo, metas nuevas por lograr,
pero al vernos otra vez… se volvía a desatar.
Uno sube, otro tropieza, otro cumple, otro avanza,
pero nadie aquí se raja, porque traen pura templanza.
La amistad que se forjó entre lodo, risas y piedras,
no la rompe ni el destino ni los golpes de la vuelta.
Y aunque el tiempo nos disperse y nos cambie de destino,
cuando chocan las miradas vuelve a encenderse el camino.
Ese click de hermandad que no cualquiera consigue,
ese fuego que recuerda de dónde es que uno viene y vive.
Fer sonriendo lo compone, Arturo prende la chispa,
Liz analiza la vuelta y Kevin siempre trae la vista.
Cuatro nombres bien marcados como códigos del barrio,
cuatro almas alineadas, cuatro vidas de calendario.
Y pa’ donde sea que anden, pa’l norte o pa’ donde pisen,
la lealtad sigue intacta aunque los años cicatricen.
No importa cuánto se alejen, ni los giros de la vida,
los Cuatro Leales siguen siendo leyenda compartida.
Y pa’ donde sea que estén, plebada…
un saludo de su compa, el Zack Morales.
Pase lo que pase en la ruta,
ustedes siguen siendo mis carnales.