Jesús, hoy te escribo bajo luna callada,
con el alma rendida y la fe desgarrada,
como oveja perdida que no halló su redil,
voy cruzando desiertos sin saber dónde ir.
La noche me envuelve con su manto de pena,
y en el viento susurra tu voz que me llena,
entre sombras te nombro, con temblor en la piel,
porque sé que en tu gracia hay refugio y hay miel.
Jesús, ven a mí, que me hundo en el abismo,
soy polvo y pecado, soy mi propio egoísmo,
como Pedro en las aguas, me empiezo a hundir,
si tu mano no llega, no podré resistir.
Hoy me postro a tus pies, con el llanto en las manos,
como el hijo que vuelve arrepentido y cansado,
con el rostro en la tierra y el alma en clamor,
pido vida en tu nombre, pido paz, mi Señor.
Necesito tu aliento soplando en mi herida,
tu palabra encendida devolviéndome vida,
que tu sangre derramada me vuelva a limpiar,
y tu cruz sea el puente que me haga regresar.
Dame de esa agua viva que prometes, Jesús,
la que calma la sed y nos llena de luz,
porque el mundo me ha dado solo espinas y hiel,
y en tus brazos encuentro descanso fiel.
Cúbreme con tu manto de padre amoroso,
haz del barro caído un destino glorioso,
toca mis cicatrices con tu eterno poder,
y que nazca de nuevo lo que quiso morir ayer.
He vagado tan lejos, olvidando tu voz,
caminé entre tinieblas, le di la espalda a Dios,
pero hoy vuelvo quebrado, sin orgullo ni ley,
solo un hombre cansado que se rinde a su Rey.
No traigo pureza, ni ofrenda ni honor,
solo culpas clavadas latiendo en dolor,
mas sé que tu gracia no sabe rechazar
a un corazón herido que decide llorar.
Jesús, no te tardes, la aurora no llega,
y mi alma en la noche por tu luz se doblega,
haz de este corrido plegaria y verdad,
y de este pecador… una nueva eternidad.