[Intro]
Suena el requinto bajito,
la luna quiere escuchar,
la historia de una mujer
que Dios mandó pa’ cuidar.
Traigo lágrimas guardadas
que hoy se quieren desahogar,
porque hablar de mi madre
es hablar del celestial.
[Verso 1]
Tiene manos tan benditas
que hasta el miedo hacen calmar,
cuando el mundo me golpeaba
ella me enseñó a aguantar.
Con un beso en la frente
y un “Dios te va a acompañar”,
me curaba las heridas
sin siquiera preguntar.
Y yo viendo sus ojitos
aprendí lo que es amar,
porque nadie da la vida
como una madre lo da.
Ella hablaba con Cristo
cuando todo iba mal,
y aunque había poco en la mesa
nunca faltó dignidad.
[Coro]
Madrecita, tú eres grande
porque Dios vive en tu voz,
porque hasta tus abrazos
huelen bonito al Señor.
Y aunque a veces no te digo
todo lo que siento yo,
si mi alma sigue viva
es por tu inmenso amor.
Tú me enseñaste que un hombre
también se puede quebrar,
pero aquel que cree en Cristo
siempre se vuelve a levantar.
[Verso 2]
Cómo olvidarme esas noches
esperándome despierta,
con la Biblia entre las manos
y una luz cerca de la puerta.
Mientras yo andaba perdido
tú me cuidabas en oración,
pidiéndole allá en silencio
a Dios por mi corazón.
Y si un día yo enamoro
como tú sabes amar,
sé que voy a darlo todo
sin miedo a sacrificar.
Porque tu amor no presume,
tu amor sabe perdonar,
es de esos que aun rotos
nunca dejan de luchar.
[Puente]
A veces pienso en María
cuando te miro rezar,
porque cargas tus dolores
y aun así sabes sanar.
Y aunque no exista riqueza
que te pueda comparar,
yo daría lo que tengo
por volverte a abrazar.
[Coro Final]
Madrecita, tú eres grande,
la más bella creación,
Dios pintó sobre tu alma
puro amor y bendición.
Si algún día llego al cielo
y me dejan escoger,
quiero entrar de tu mano
como cuando era un bebé.
Porque el amor de una madre
no se puede terminar,
es un pedacito eterno
del amor de Jehová.