En un pueblito de Michoacán, nació un amor sincero,
Dos almas jóvenes soñando un mundo entero.
Él le juró entre sus brazos temblando,
“Mi vida, cruzaré el río soñando.”
Con nada en los bolsillos, solo fe y esperanza,
Partió pa’l norte buscando bonanza.
Por ella luchó, por sus hijos también,
Sembrando su amor en el amanecer.
Desde Michoacán nació la ilusión,
Con sudor y lágrimas forjó su corazón.
Ella cruzó con sus niños al fin,
Y juntos hicieron su propio jardín.
Pasaron los años, el tiempo voló,
Sus manos cansadas, su amor no cambió.
Le dio su mundo, su vida entera,
“Eres mi reina, mi primavera.”
Decía el viejo con voz serena:
“Ayuda al prójimo, aunque no tengas.”
“Lo poco que tienes, si sale del alma,
Vale más que el oro que el mundo guarda.”
Desde Michoacán nació la ilusión,
Con sudor y lágrimas forjó su corazón.
Y en su consejo dejó su verdad:
“Nunca olvides, hijo, nuestra humildad.”
Los hijos crecieron, el tiempo pasó,
La casa se llenó de risas y amor.
Pero un día el cielo lo quiso llamar,
Y ella llorando no quiso esperar.
Porque un corazón sin su otra mitad
ya no vive, ya no puede soñar.
Y cuando sus ojos se empezaron a cerrar,
entre sombras lo miró llegar.
Con su sombrero y su mirar de ayer,
la esperaba como en su primer querer;
le tendió la mano, sereno y fiel,
“Ven, mi vida… dancemos entre ángeles y papel.”
Y se fueron juntos, callados en paz,
dos almas unidas por la eternidad.
“Desde Michoacán, mi vida empezó contigo…
Y aunque el tiempo se vaya, mi amor…
tú y yo seguimos cantando allá arriba.”