Encendí un fuego bajo lluvia y dolor,
con trago en la mano y el alma sin sol.
Miré las brasas, le hablé al mal andar:
“Si existes, demonio… ven a caminar.”
Dime por qué el amor se vuelve traición,
le di mi vida… y me dejó sin razón.
Dime la dura verdad, sin compasión, sin piedad,
¿Por qué ella ríe mientras muero en soledad?
Fui su escudo cuando todo iba mal,
ahora ella brilla… y yo ya no soy igual.
El diablo se rió con voz de carbón,
y dijo: “Ese dolor… no lo cura oración.
¿Quieres verdad? Pues aquí va el puñal:
no perdiste a una mujer…
perdiste a tu esposa leal.”
Formaste a una reina pa’ otro querer,
la sostuviste cuando no pudo ver.
La amaste en silencio, entre sombras y hiel,
y ahora es aurora… en brazos de él.
Dime la dura verdad, déjala doler,
el amor no es justo… nunca lo va a ser.
Fui su cimiento, su fuego, su cruz,
pero la paz… se la di con mi luz.
La enseñé a luchar, a sanar su dolor,
cargué sus caídas con puro amor.
Vi cómo crecía, vi cómo se iba…
y se llevó mi alma… y la suya compartida.
Se encontró a sí misma lejos de mí,
renació entre rosas que yo cultivé aquí.
Y aunque ella florece en otro jardín…
la mejor parte de ella…
la forjé yo… hasta el fin.
Brindo por votos, por guerras de dos,
por ser el hombre… que al final no bastó.
A veces el que ama… no es quien se quedó…
a veces el amor…
es quien te olvidó.