Ya amanece. Por esa claraboya
las luces del crepúsculo atalayo:
pronto entrará del sol el puro rayo
que a las sombras arrolla
y en bienestar convierte mi desmayo…
¡Ya el rayo destella!…
¡Ya mi prisión se enjoya de luz bella!…
¡Ya soy dueño de mí!…
¡Ya bien me hallo!…
¡Ya trina el ruiseñor!
¡Ya canta el gallo!…
¡Trece de mayo ya!… ¡Quién lo diría!
Llevo en esta prisión un mes y un día,
sin por nadie saber lo que acontece.
¡Y hoy martes, gran Dios!… ¡Martes y trece!…
¿Por qué el terror invade el alma mía?
¿Por qué me inspira un miedo extraordinario
esa cifra, ¡ay de mí!, del calendario?
¡Ah, no, cifra fatal!… No humillaréis
el valor de don Mendo; no podréis;
todos iguales para mí seréis…
¡Trece, catorce, quince y dieciséis!
¿Moriré sin venganza? ¡Cielos! ¡Nunca!
Ha de morir la que mi vida trunca
y morirá a mis manos… Mas, ¿qué exclamo?
¿Cómo podré matalla si aún la amo?
Acaso por salvarse aquella noche
aceptó del de Toro sin reproche.
el amor y la fe y el galanteo…
Mas aquel «Pero mío», aquel sobeo
delante de mi faz, estuvo feo;
porque él llegó a palpalla,
que yo lo vi con estos ojos, ¡ay!
y ella debió oponerse, ¡qué caray!,
al ver lo que yo hacía por salvalla.
Oigo pasos.
Acaso
es Magdalena que en amor se abrasa
o el carcelero vil,
que con retraso tráeme el bollo de pan que él mismo amasa con su propio sobaco.
¡Magdalena!… ¡Blando pecho
que envidia diera a las aves!…
¡Corazón de suaves pétalos!…
¡Alma pura, cual la linfa
del transparente arroyuelo!…
¡Magdalena!… ¡Magdalena!…
¡Ave, rosa, luz, espejo,
rayo, linfa, luna, fuente,
ángel, joya, vida, cielo!…
¡Voy a verla! Sí. ¿Qué incoa
mi espíritu? Lo que incoe
ya mi cerebro corroe.
¿Mas qué importa que corroa?
¡Áspid que en mi pecho roe,
prosigue tu insana roa
que aunque soy digno de loa
no he de ser yo quien se loe!
¡Fuerzas, cielos, porque al vella
querré matalla y mordella
y eso sería delatalla!
¡Juro a Dios que he de miralla
y escuchalla sin vendella!
Mas si juré no perdella
también vengarme juré
en la infausta noche aquella.
Y he de vengarme; sí, a fe.
¿Mas qué haré, qué intentaré?
¿Cómo vengarme podré
si lo que juré, sé que
lacra mi boca y la sella?
¡Cómo, ¡ay Dios!, compaginallo
si este desengaño, ¡ah!,
no puede dejarme ya
ni tiempo para pensallo?…
¡Puñal de puño de aluño!…
¡Puñal de bruñido acero,
orgullo del puñalero
que te forjó y te dio bruño!…
Puñal que en mi mano empuño,
en cuyos finos estríes
hay escritas con rubíes
dos frases a cual más bella:
«Si hay que luchar, no te enfríes.
Si hay que matar… descabella.»
Tú con tu lengua me llamas
y deshaces mi congoja,
pues teniendo yo tu hoja
no he de andarme por las ramas.
Penetra, puñal, en mí,
llega pronto al corazón
y a quien pregunte, di
que a pesar de su traición
adorándola morí.