Allá por aquel corral,
nunca imaginé aquel día,
que un regalo de mi abuelo
me cambiaría la vida.
Yo tenía diez años apenas,
era un niño con ilusión,
cuando mi abuelo Miguel
me entregó un gran corazón.
Era un caballo colorado,
bonito como ninguno,
con su estrella en la frente
y sus patitas blancas.
Todavía recuerdo aquel día
allá por el viejo corral,
la sonrisa de mi abuelo
cuando me lo vino a entregar.
Me puso las riendas en mis manos,
yo no podía ni creer,
para un niño de diez años
era un sueño verlo tener.
Mi abuelo arriba de su burro,
yo montado en mi caballo,
recorríamos los caminos
bajo el sol de aquellos años.
Por Los Doce y El Cajón,
también por El Cerrito,
yo aprendiendo sus consejos
mientras seguía su pasito.
Era noble mi colorado,
tranquilo y muy obediente,
cuando cruzaba los campos
lo admiraba mucha gente.
Mi abuelo siempre decía:
*“Mijo, nunca se le olvide,
un hombre vale por su palabra,
por lo que hace y lo que dice.
No importa traer dinero,
ni presumir lo que tiene;
el respeto y la humildad
son lo que un hombre sostiene.”*
Fui creciendo poco a poco
junto a mi mejor amigo,
con mi abuelo don Miguel
mostrándome el buen camino.
Pero el tiempo no perdona,
así lo quiso el destino;
Dios llamó a mi abuelo al cielo
y después a mi caballo querido.
Hoy el corral está solo,
ya no se escucha trotar,
ya no levanta aquel polvo
mi colorado al caminar.
Pero cierro mis ojos
y los vuelvo a mirar:
a mi abuelo en su burro
y mi caballo al pasar.
Mi abuelo no me dejó oro,
ni riquezas para guardar,
me dejó sus enseñanzas
que nadie me podrá quitar.
Me dejó aquel colorado,
un recuerdo de verdad,
el regalo más bonito
que nunca voy a olvidar.
Y aunque pasen muchos años
y cambien todos los caminos,
mi abuelo Miguel y mi caballo
seguirán siempre conmigo.
Porque desde allá en el cielo
sé que me siguen cuidando:
“Cuídate mucho, muchacho,
Dios te siga acompañando.”