El Sol le pidió matrimonio
a la Luna una madrugada,
con el cielo de testigo
y las estrellas calladas.
Si la Luna decía que sí
el Sol brillaba sin medida,
pero si decía que no
se le apagaba la vida.
La Luna, con miedo en los labios,
temblando, no supo qué hacer,
porque amar al Sol quema
y perderlo duele también.
Entonces dijo: “No lo sé”,
y el universo quedó en pausa,
desde ese día el silencio
se volvió ley en su causa.
Saturno guarda los anillos
que jamás llegaron al altar,
Plutón cuida a los hijos
que no pudieron nacer jamás.
Y cuentan los viejos del cielo,
cuando la sombra vuelve a caer,
que en cada eclipse el Sol pregunta:
“¿Ya lo pensaste… o me vas a perder?”