(Intro – voz grave)
No se juega con Dios…
La verdad no se vende, ni se esconde entre monedas.
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(Verso 1)
Ananías entra al templo con sonrisa de teatro,
una bolsa en la mano, el corazón en el cuatro.
Dice “esto es todo”, pero guarda en la espalda,
la mitad del precio… su alma resbala.
Pedro lo mira fijo, no hace falta hablar,
el Espíritu ya vio lo que intenta ocultar.
“¿Por qué mentiste al Señor y no a los hombres?”
—Y en ese instante, cayó sin pronombres.
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(Coro)
💀 No se juega con el fuego, no se juega con el cielo,
Dios ve el alma, no el dinero.
La mentira parece leve, pero pesa como plomo,
cuando el juicio cae, no hay aplauso, solo trono.
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(Verso 2)
Safira entra después, sin saber lo que pasó,
repitió la misma historia que su esposo inventó.
Pedro pregunta: “¿Fue ese el precio real?”
Y ella, sin temblar, vuelve a mentir igual.
“Los pies de los que enterraron a tu marido están a la puerta…”
esas palabras fueron su sentencia abierta.
Cayó también, sin segundo intento,
porque el temor del Señor llenó aquel momento.
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(Coro)
🔥 No se juega con el fuego, no se juega con el cielo,
Dios ve el alma, no el dinero.
No hay ofrenda que tape la mentira en el pecho,
si la fe no es pura, el oro está deshecho.
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(Puente – voz de conciencia)
Podrás engañar al mundo, pero no al Espíritu,
tu palabra pesa más que el mérito.
El diezmo sin verdad no vale en el altar,
mejor ser pobre con fe que rico sin paz.
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(Outro)
Así terminó la historia, no de ira, sino de ley:
el corazón es lo que mide el Rey.
Ananías mintió, Safira cayó,
y la iglesia entera tembló cuando Dios habló.