Siempre me ha gustado escribir. No sé si más por el hecho de que el hacerlo es liberador o por lo interesante, curioso, sorprendente y aleccionador que es leerse a uno mismo tiempo después de haber escrito. Ahora que lo pienso, este hecho de leerse a uno mismo cuando el presente escrito es pasado en el presente que lee, es fascinante de alguna manera, es como encontrar tus huellas en la nieve después de que fuesen borradas por la nueva nieve, o incluso más, es como encontrar tus huellas en la nieve después de que la nieve se fundió, después de estaciones de sol y de tormentas, de frios y calores, de amores, desamores, exitos y fracasos, sucesos que acarician y golpean, que moldean al niño que eras y esculpen al hombre en que te conviertes...
Una vez escribí una reflexión acerca del poder de las palabras. Del poder que tienen de construir y destruir, de fortalecer y debilitar, de animar y desanimar, de alegrar y de entristecer, de apaciguar y de enfurecer….este es un poder que nos ha sido dado por quien creó el Mundo en el que vivimos con su palabra. Escribir acerca de nuestro presente, sea que caminemos en verdes prados tupidos de flores y al calor del sol, o sea que la noche se cierre sobre nuestras cabezas al sonido de la tormenta que se acerca o que se aleja, es como decirse a uno mismo: “Yo estuve aquí y vi esto y experimenté aquello.” Y dónde uno no aprende en cabeza ajena lo aprende en la suya propia si es capaz de reconocer sus huellas en las vivencias del pasado.