Desde niño fue travieso,
con el diablo en la mirada,
no le asustaban las sombras
ni la vida acelerada.
Entre música y desvelos
fue creciendo en madrugada.
Alan Medina su nombre,
de carácter decidido,
caminaba firme y recio
aunque el mundo andaba torcido.
Nunca fue de agachar frente,
siempre fue hombre de ruido.
Dos veces miró a la muerte
cara a cara sin temblar,
una fue filo de acero
que lo quiso arrodillar.
Otra vez tronó un disparo…
y volvió a respirar.
Dicen que cuando te toca
ni aunque corras te salvas,
pero a él Dios le dio prórroga
pa’ ajustar cuentas del alma.
Sobrevivió pa’ entender
lo que el destino reclama.
Lo acusaron sin piedad,
lo juzgaron sin verdad,
quince años tras los barrotes
aprendiendo a reflexionar.
Una celda fría y muda
fue su única amistad.
Y el golpe más duro vino
sin poderse despedir,
su madre cerró los ojos
y él no pudo estar ahí.
También perdió a un hermano…
dolor que no tiene fin.
Las noches se hacen eternas
cuando pesa el corazón,
pero nunca ha estado solo,
lo sostiene la oración.
Y el recuerdo de su madre
le da fuerza y dirección.
Afuera lo espera el viejo,
con el tiempo en el semblante,
sus hermanos firmes, leales,
no han soltado ese estandarte.
Porque la sangre no falla
cuando el amor es constante.
Hoy no es el mismo muchacho
que jugaba a desafiar,
los años curten el alma,
la enseñan a valorar.
Quien resiste quince inviernos
aprende a volver a empezar.
Y el día que cruce la puerta
con el sol en la mirada,
va a abrazar a los suyos
como si no faltara nada.
Porque un hombre cae mil veces…
pero se levanta en casa.