Recordando a una Reina
Que arranque firme el acordeón,
que se sienta el bajo sexto,
este corrido es pa’ una madre
que merece todo el respeto.
Se llamaba Esperanza,
nombre grande y verdadero,
porque aun contra la tormenta
nunca se rindió primero.
Fue alegre toda su vida,
aunque el dolor la siguió,
con una fe bien plantada
que jamás se le cayó.
Siempre decía “hay que seguirle”,
con el alma bien de pie,
y aunque el tiempo fue pesado
nunca se quebró su fe.
Cuatro hijos fueron su orgullo,
su bandera y su razón,
uno se fue antes del tiempo
y le partió el corazón.
Otro preso y ella rezando
por verlo libre al final,
se fue de este mundo injusto
sin ese sueño lograr.
Fue la reina de la casa,
la cabeza del hogar,
la que sostuvo a la familia
sin dejarla desbordar.
Hoy su casa está en silencio,
ya no es lo mismo el lugar,
falta su voz y su consejo
que nos sabía orientar.
Quería mucho a sus hermanos,
los llevaba en el corazón,
por ellos daba la vida
sin pedir explicación.
Nunca negó una ayuda,
no conocía excepción,
al que llegaba con pena
le ofrecía bendición.
Familiares y amigos
la recuerdan con honor,
porque dejó en esta tierra
más respeto que dolor.
Hoy le canto este corrido
con orgullo y con razón:
Doña Esperanza sigue viva
dentro de nuestro corazón.
Y aunque el tiempo siga andando
y la vida quiera avanzar,
su palabra sigue firme
como ley dentro del hogar.
Porque reinas como Esperanza
no se entierran, no se van,
se quedan mandando en silencio
desde el cielo y el corazón, pa’ siempre jamás.