Desde California salieron, buscando el pan y el respeto,
cruzaron hacia Arizona, con los sueños bien sujetos.
Tiempos duros, sueldos bajos, hasta que en Tucson brilló
una chamba que los llamaba, donde el destino rugió.
Eran las seis de la mañana, el diablo aún sin dormir,
por la interestatal bajaban, sin saber lo que iba a venir.
Un carro negro los alcanza, con mirada de matar,
pero Dios iba manejando, no los iba a soltar.
El mayor agarra el volante, firme como capitán,
el menor saca su cuete, apunta con pulso y afán.
Rugen balas como estrellas, cruzan rayos en el sol,
y el diablo quedó tendido, en el polvo sin control.
Pero en la misma frontera, los ojos del gringo están,
un oficial de migración, recibió plomo de azar.
Pensó que eran delincuentes, no los quiso escuchar,
y empezó la persecución, sin tiempo de explicar.
Corren pa’ rumbo a Phoenix, con el tanque a punto de llorar,
sus pechos llenos de angustia, no se podían escapar.
Gritan “¡era el diablo tras de nosotros, no somos de mal andar!”
pero el desierto no responde... sólo sabe condenar.
Ahora cantan los del norte, esta historia sin igual,
de dos hermanos valientes, cruzando bien y mal.
A veces la ley no ve claro, y la justicia se va,
pero allá en el monte seco… Dios todavía está.