Pero tus ojos no juzgaron,
tus palabras la abrazaron.
Y en el frío de su dolor,
descubrió un rayo de calor.
No pidió nada, solo existir,
pero tú le enseñaste a vivir.
Dulce el gesto, suave el amor,
rompió cadenas, sanó el temor.
Porque tus manos no dañaron,
tus silencios la escucharon.
Y en su pecho roto y gris,
Sylvie susurra: “Aún puedo sentir”.