Amanecí hablando de esa persona,
sin querer queriendo se me vino su nombre,
no estaba soñando, no estaba dormido,
fue la costumbre de pensarlo seguido.
Café sin azúcar, mirada perdida,
en cada sorbo algo me lo traía,
no es que lo extrañe, no es que lo llore,
pero hay días que su ausencia me come.
La radio encendida, la casa callada,
y yo hablando solo como si escuchara,
le conté todo lo que no dije a tiempo,
y me sentí menos lleno por dentro.
La taza temblaba, la voz se quebraba,
y en cada palabra dolía su espalda,
la forma en que se iba sin despedirse,
como si todo pudiera olvidarse.
No le deseo mal, tampoco regreso,
pero hay recuerdos que no tienen dueño,
andan sueltos por las sábanas rotas
y te visitan cuando menos lo notas.
Amanecí hablando de esa persona,
no por amor, tampoco por odio,
es que hay heridas que no cicatrizan
y se despiertan solas, sin previo aviso.