Me siento pequeño en un mundo gigante, cada mirada es un golpe, cada risa es cortante. Mis zapatos pisando charcos de indiferencia, mi corazón late lento bajo esta violencia. Esos pasillos que parecen selva de miedo, cada broma me atrapa, me hundo más en el suelo. Los nombres que me gritan, cuchillos en la espalda, aprendí a sonreír mientras mi alma se quebraba.
Guardaba los recuerdos en hojas rotas de cuaderno, soñando que algún día podría cambiar mi invierno. Las noches eran largas, la almohada testigo, de lágrimas que nadie veía, de un niño amigo. “¿Por qué yo?”, me preguntaba, sin encontrar respuesta, cada día en la escuela era una eterna gesta.
Pero dentro de mi pecho algo empezó a arder, una chispa pequeña que no pudieron vencer. Me dije a mí mismo, “no soy menos que nadie, mi valor está oculto, crecerá entre las sombras y el saque”.
Comencé a observar, a escuchar mis pensamientos, a entrenar mi mente, a fortalecer sentimientos. Los insultos se hicieron polvo bajo mis zapatos, mis sueños más grandes que todos sus tratos. Aprendí a caminar con la frente en alto, aunque todavía doliera cada comentario y cada salto. Porque cada lágrima que caía me enseñó, que el dolor no es final, sino fuerza que nació.
Descubrí talentos que nadie había visto, palabras que construyen, no solo un registro. Mis dibujos, mis versos, mi música escondida, son armas invisibles que cambiaron mi vida.
Ahora mírame, ya no tiemblo, soy fuego que se alzó, del dolor hice mi escudo y en mi voz me transformó. El que antes se escondía hoy camina como rey, no busqué ser mejor que todos, solo mejor que ayer. Las risas que antes me aplastaban hoy son mi coro, cada paso firme, cada mirada, oro. No necesito aplausos, ni que digan que valgo, porque aprendí que el respeto se gana, no se halago. Mis enemigos de ayer ahora solo me motivan, mi energía crece y mis metas se activan. Ya no temo al pasado, lo tomo como escuela, cada golpe me enseñó a encender mi centella.
Mis palabras fluyen, rimas que elevan, mis pensamientos construyen, ya nadie me quiebra. El niño que lloraba en silencio en la esquina, hoy brilla tan alto que nadie lo domina.
Si algún niño escucha esta historia en el viento, que sepa que el dolor puede volverse cimiento. Cada lágrima puede regar un futuro fuerte, cada rechazo puede abrirte puertas a la suerte Ahora mírame, ya no tiemblo, soy fuego que se alzó, del dolor hice mi escudo y en mi voz me transformó. El que antes se escondía hoy camina como rey, no busqué ser mejor que todos, solo mejor que ayer.
El pasado no me define, soy dueño de mi historia, mi lucha, mi victoria, mi alma en toda su gloria. Y si algún día caigo, me levantaré de nuevo, porque quien se conoce, siempre encuentra su cielo.