🌫️ El Eco de la Torre de Telecomunicaciones
Habia una vez En las afueras de Caracas, donde la niebla se enrosca entre los cerros y las luces de la ciudad apenas alcanzan a iluminar los caminos rurales, se alza una vieja torre de telecomunicaciones abandonada. Los lugareños la llaman La Torre del Eco, y nadie se atreve a acercarse después del anochecer.
Dicen que hace años, un joven técnico subió a la torre para reparar una falla en la señal. Nunca volvió. Lo encontraron días después, con los ojos abiertos de par en par y una expresión de terror congelada en su rostro. Desde entonces, comenzaron los rumores.
Cada noche, justo a las 11:11 p.m., se escucha un sonido distorsionado, como una interferencia digital mezclada con una voz lejana que repite tu nombre. Lo más inquietante es que, según la leyenda, si el eco suena claro… estás a salvo. Pero si lo escuchas entrecortado… corre. Porque El Eco ya está replicando tu frecuencia.
Algunos aseguran haber visto una silueta espectral, erguida entre los cables oxidados, con una chaqueta de técnico cubierta de polvo y manchas de óxido. En lugar de mochila, lleva un cinturón repleto de dispositivos obsoletos: radios de onda corta, antenas fracturadas y un viejo beeper que parpadea sin razón aparente.
La Última Frecuencia
Una noche de octubre, Dilan —curioso y decidido a desmentir la leyenda— se acercó a la torre con su cámara, un micrófono de alta sensibilidad y un viejo walkie-talkie modificado por él mismo. Quería registrar el fenómeno, analizar el eco, y quizás… enfrentarlo.
A las 11:10 p.m., la niebla se volvió más densa, como si la torre respirara. Dilan ajustó la frecuencia del walkie-talkie a 11.11 MHz, una coincidencia que no parecía casual. Cuando el reloj marcó las 11:11, el dispositivo emitió un zumbido agudo, seguido de una voz distorsionada que susurró: “Dilan… Dilan…”
El eco era claro. Por un momento, pensó que estaba a salvo. Pero entonces, el beeper del espectro —aún a cientos de metros de distancia— parpadeó en sincronía con su frecuencia. El eco se quebró. La voz se entrecortó. “Di…lan… co…rr…”
Dilan corrió. Pero mientras descendía por el cerro, su cámara captó algo imposible: su propia silueta, aún de pie junto a la torre, mirando hacia arriba, como si nunca se hubiera ido.
Desde esa noche, el eco ya no repite nombres al azar. Solo uno. Siempre el mismo. Y cada vez más claro.