Finalmente, en el punto más alto del Calvario, resplandeció su bondad. Entre estertores de muerte, sus labios no pronunciaron maldiciones, sino perdón: "Padre, perdónalos". Esa benevolencia infinita, que antes había multiplicado panes y sanado leprosos, se manifestaba ahora como la caridad suprema, abriendo las puertas del paraíso a un ladrón arrepentido