El necesario capricho se vuelve ineludible por la forma en la que se instala frente a una. Como los gatos que quieren mimos y se dedican a conseguirlos a como dé lugar, el capricho no pide permiso y reclama lo que es suyo por arbitrio divino. El capricho no es de nadie, así de caprichoso es. Y si alguien intentara, osara, encasillarlo, tanto así como nombrarlo; el capricho esperaría agazapado a que caiga la noche para salir escabulléndose de su propia sombra. El capricho es, y en su ser, está siendo la existencia caprichosa de la humanidad, lo que subyace a lo que emerge, lo que se sale de las normas y aun así las define. El capricho no es más que las ganas desatadas. Las malas lenguas quieren nombrarlo desde la vereda de enfrente, a los gritos lo llaman “loco” mientras le hacen gestos de montoncito con las manos que después desarman para arriba, como si no hubiera nada para decir. Pero lo cierto es que el capricho mira desde su silla hecha de cáscaras de huevo, porque hasta para elegir donde sentarse es caprichoso. Y cuando se le rompe, queda tirado en el suelo mirando hormiguitas o los pies de las personas que van hacía algún lado; que es más o menos lo mismo. El capricho se presenta sin que lo llamen, y se va solo cuando se siente satisfecho. Cuando siente que alguien lo vio y lo escucho, que pudo hacerse notar. El capricho es siempre una sorpresa, hasta para él mismo. Solo sucediendo, se conoce la propia naturaleza. Necesita encarnar para palparse los miembros, para saberse vivo. Ahí donde el capricho extiende sus tentáculos y se da el espacio para desplegar su potencia, encuentra su razón de ser. Ahí, con el capricho manifestado, las voces de lo subterráneo emergen y toman la delantera. Orquestan la escena con precisión, como si supieran exactamente qué lugar ocupar. El capricho empieza a sonar como si fuera una sinfónica. Entre nosotros, el capricho se hizo presente. En un comienzo, la imitación fue la campanada que llamó a las fuerzas del capricho; y ahí se fueron presentando de a una, curiosas, sin saber para qué se las llamaba. Nuestras voces se iban acercando al suceso de la vida. ¿Qué es lo vivo que hay en cada improvisación? El capricho. Despliega su vida en el acto mismo de suceder. Suceder es devenir y es solo un camino a ser descubierto en el acto mismo de recorrerlo. No se puede planear de antemano, pero se sabe que está. ¿Trazado por quien? No está claro y tampoco importa, el camino se manifiesta. Quien lo recorre es el mismo que lo surca. En ese magma entre el pasado, el futuro y el presente, la forma que el camino va a tomar; es un capricho. Al final, el capricho es bastante hacendoso y para nada irracional. El capricho es el alma de la improvisación porque guía y da sentido, porque hace avanzar sin pedir permiso, porque desordena y no perdona. Toda improvisación necesita un alma para que entre en conexión con lo inefable, tenerla es escuchar sus latidos y percibir su ritmo.