Yo era una niña mirando el suelo,
aprendiendo a callar para sobrevivir.
En la casa el miedo hablaba primero,
y el amor tenía que huir.
Vi a mi madre romperse en silencio,
vi su voz temblar sin razón,
y al hombre que decía ser mi padre
le sobraba rabia, le faltó corazón.
Yo pensaba que era mi culpa,
que mi nombre pesaba de más,
como si haber nacido
hubiera sido un pecado fatal.
Y cargo rencor, cargo dolor,
desde una edad que no debía saber.
Vi a un padre destruir a mi madre,
y a mí me tocó aprender a no caer.
La herida no fue sencilla,
ni el peso fácil de soltar,
porque crecer viendo violencia
también te enseña a sangrar.
Ese hombre que solo me engendró
nunca supo lo que es cuidar,
su furia marcó recuerdos
que aún me cuesta borrar.
Yo vi rostros llenos de miedo,
vi golpes que no eran amor,
y aunque me dije mil veces “fue por mí”,
la verdad siempre dolió peor.
Y cargo rencor, cargo dolor,
porque nadie me enseñó a sanar.
Vi a un padre maltratar a mi madre
y a mi infancia se le rompió la paz.
La carga que aún llevo dentro
no es fácil de explicar,
no era mi culpa, pero aún pesa
como si no se quisiera soltar.
Hoy entiendo lo que la niña no pudo:
el abuso nunca es justificación.
El que golpea carga su propia oscuridad,
no la sangre que dejó en mi corazón.
Pero el rencor sigue hablando bajito,
cuando la noche me quiere atrapar,
no porque yo quiera odiar,
sino porque aún duele recordar.
Y sí, cargo dolor, cargo cicatriz,
pero ya no cargo su verdad.
No fui la causa, no fui el motivo,
yo también merecía paz.
La niña que fui sigue viva,
ya no se esconde, ya no se va,
y aunque la carga no sea sencilla,
no me va a definir jamás.