En el Bronx, una bala perdida
le dio a mi nena, le quitó la vida.
Subí la escalera, cargué mi timbre,
veneno caliente, salí a buscarles.
Los encontré en el bar, riendo entre polvo,
celebrando su crimen como si fuera logro.
No dije palabra, apreté el gatillo,
solté mi timbre, cayeron casquillos.
La poli llegó, me tiró de cabeza,
derechos leídos, esposas, promesa.
Ahora en chirona, espero el juicio
de blancos con jardines y carne al cuchillo.
El juez no escucha, el fiscal reprende,
mi vida en un hilo, el veredicto desciende.
Camino entre sombras, gases me ahogan,
veo a mi nena, sus brazos me nombran.
Nos vamos abrazados, tal vez al cielo,
Dios sabe que hay hombres sin miedo al duelo.
Que si tocan a su sangre, no hay perdón,
solo justicia, sin ley ni sermón.
Este no es rap de cama ni fama,
es el grito de un padre que por su hija clama.
Por la bala sin nombre, por la esquina cualquiera,
que mañana puede ser tuya la condena.