Tenía cinco, y en sus ojos ya llovía,
mientras el mundo jugaba, él solo se escondía.
No entendía por qué papá gritaba tanto,
por qué mamá temblaba, por qué dolía tanto el llanto.
“¡Inútil!”, le decían por derramar la leche,
“¡Habla como niña!”, y la mano venía en acecho.
El niño aprendió que el cariño tenía filo,
que el abrazo era un premio… que casi nunca vino.
Le gustaba bailar, pero eso estaba mal,
le gustaban los colores, pero eso era “anormal”.
Guardó sus risas en una caja de miedo,
y a sus cinco, ya sabía fingir sin remedio.
La tele encendida, papá con el cinturón,
mamá no decía nada… por miedo o por costumbre, tal vez por dolor.
Él solo deseaba un “te quiero” sin gritos,
pero el amor en su casa… venía con requisitos.
Jugaba solo con muñecos escondido,
porque si lo veían, lo llamaban “marica” al oído.
A los cinco, ya sabía lo que era la vergüenza,
y que llorar era un lujo… que no merecía recompensa.
Y nadie sabía que era gay, ni él siquiera,
pero ya sentía que amar distinto… era una condena cualquiera.
Una vez dibujó dos príncipes tomados de la mano,
y su padre rompió la hoja diciendo: “¡Eso es de afeminado!”
Así creció Caleb, callando su esencia,
pidiendo perdón por existir, por su diferencia.
A los cinco, su infancia ya tenía grietas,
y el mundo le enseñó que su alma era una deuda secreta.