Me llamo Marcos, pero todos me dicen Junior,
nací con sueños grandes aunque no fui muy estudioso.
En la escuela era burro, eso nunca lo escondí,
iba más por el fútbol que por aprender a escribir.
Desde morro conocí mujeres que dejan huella,
cosas buenas, cosas malas, así es la vida de veras.
Tengo tres hermanos, familia siempre presente,
aunque el camino fue duro, nunca fui indiferente.
A los quince supe pronto que iba a ser papá,
la vida no me preguntó, me tocó madurar.
McDonald’s fue mi escuela, mi primer lugar,
trabajando desde abajo pa’ poderle chambear.
Estuve con la madre de mi hija un buen rato,
pero el destino es cabrón y nos cambió los pasos.
Viví locuras con compas en Spring Break sin pensar,
momentos que no regresan, pero enseñan de más.
Luego entré a lo chueco, no lo voy a negar,
con mi hermano y con mi padre vueltas pa’ Houston manejar.
Era dinero rápido, pero caro de pagar,
porque un día un accidente todo lo vino a cambiar.
Una luz roja, un segundo, todo se me volteó,
mi cuerpo ya no es el mismo, pero el alma aguantó.
Dios me dio otra oportunidad cuando estuve al borde,
y aprendí que la vida se respeta y no se esconde.
A pesar de los golpes, nunca dejé de sonreír,
seguí jugando fútbol, seguí queriendo vivir.
Mi familia es mi fuerza, mi razón y mi motor,
aunque estuve lastimado, nunca perdí el valor.
Me fui un tiempo en el tráiler rodando con mi papá,
conociendo carreteras, pensando qué vendrá.
Pero regresé a lo mío, a lo que me hace sentir,
porque uno siempre regresa donde es feliz.
Hoy manejo mis negocios, voy despacio pero firme,
con errores del pasado que no vuelvo a repetirme.
Si Dios me da licencia, voy a seguirle hasta el fin,
porque Junior no se rinde, nació pa’ sobrevivir.
No presumo de lujos ni de vida perfecta,
presumo cicatrices que la vida me dejó abiertas.
Este corrido es mi historia, no la quise maquillar,
del suelo me levanté y me pienso superar.