El reloj en la pared parece no avanzar,
la silla de madera hoy vuelve a suspirar.
Abuelo Eugenio, te has marchado en silencio,
dejando el peso de los años como un gran incendio.
Tus manos que contaban historias de la vida,
hoy son el mapa eterno de una amarga despedida.
Eras el roble firme, la raíz de nuestro hogar,
y ahora eres el viento que nos viene a consolar.
Pero el dolor no para, la herida sigue abierta,
la muerte golpeó fuerte de nuevo en nuestra puerta.
Robert, primo querido, te fuiste sin avisar,
con mil sueños de joven que no pudiste estrenar.
Tu risa todavía resuena por los pasillos,
haciendo que los días parezcan menos sencillos.
¿Cómo entender que el tiempo se robe tu alegría,
mientras el sol se apaga en esta agonía?
Eugenio y Robert, dos ausencias que me queman,
dos almas que en el cielo hoy juntas ya reman.
El viejo sabio y el joven guerrero,
se fueron buscando un camino certero.
Uno por cansancio, el otro por azar,
me dejan el alma vacía frente al mar.
Me queda tu consejo, Eugenio, en la memoria,
y de Robert el brillo de su breve trayectoria.
Ocho recuerdos guardo como un tesoro bendito,
mientras escribo sus nombres en el infinito.
La vida es un suspiro, una vela que se apaga,
una herida que el tiempo muy lentamente paga.
Los imagino juntos, caminando entre las nubes,
mientras mi fe por ellos hacia el cielo sube.
Abuelo, cuida al niño, enséñale el camino,
Robert, dale tu chispa al abuelo en su destino.
Que aquí abajo la mesa se siente tan vacía,
pero su luz nos guía en cada nuevo día.
Eugenio y Robert, dos ausencias que me queman,
dos almas que en el cielo hoy juntas ya reman.
El viejo sabio y el joven guerrero,
se fueron buscando un camino certero.
Eugenio...
Robert...
Siempre con nosotros.
La casa se siente grande y el tiempo va muy lento,
llevando en cada esquina un triste sentimiento.
Eugenio, abuelo mío, de manos de labranza,
te vas dejando un hueco que no llena la esperanza.
Tu voz era el refugio, tu ejemplo era el camino,
y hoy me toca aceptar este amargo destino.
Y tú, Robert, mi primo, con la risa a flor de piel,
te fuiste como un ave que no pudo ser fiel al papel.
Tan joven y tan lleno de sueños por cumplir,
que me cuesta trabajo aprender a vivir sin ti.
La sangre nos unía en juegos y en confianza,
hoy tu recuerdo es sombra que en mi mente danza.
Eugenio y Robert, dos luces que se apagan,
mientras mis pasos lentos por sus huellas vagan.
El roble y el retoño se han marchado a la vez,
dejando mi alma herida en esta madurez.
Uno me dio la historia, el otro la alegría,
y hoy los lloro juntos en esta melodía.
El cielo tiene nombres que aquí tanto extrañamos,
en el árbol de la vida se cayeron dos ramos.
Abuelo, cuida al niño; Robert, dale tu brío,
que aquí abajo hace falta para calmar el frío.
Ocho letras de luto, ocho instantes de paz,
volando hacia el descanso, sin mirar hacia atrás.
Descansa en paz, Eugenio, descansa en paz, Robert.
El amor que les tengo nunca va a perecer