Este es el corrido de un hombre que se llama Luis González, quien aprendió de sus padres que la vida es como la marea del mar. El señor Larín y la señora Guille, sus padres de corazón verdadero, le enseñaron el camino con mano firme y palabra sincera. En tiempos de muchacho, a veces no ponía atención, cuando el señor Larín le hablaba de la vida y su condición. De cómo hay que trabajar duro, de honrar la palabra dada, de que el esfuerzo y la fe son la clave para llegar adelante. En veces estás arriba, flotando alto con el viento favorable, en veces estás abajo, hundido en la corriente sin poder avanzar. Sus padres le enseñaron con cariño y con sabiduría, a mirar más allá de cada tormenta y cada soledad. A ver lo bueno que hay en cada día, aunque sea pequeño, y a enfrentar lo duro de la vida con valor y fortaleza. Hoy ya no están con él, pero en su corazón siempre vivirán, el señor Larín y la señora Guille, quienes le dieron todo su amor. Luis González los agradece con todo el alma y el ser, dice que fue bendecido con los padres que tuvo en su camino. Que esas enseñanzas anteriores hoy le sirven para seguir avanzando, para seguir luchando fuerte y no dejar caer el legado jamás. Junto a su hermano Cristian González, juntos guardan el fuego que sus padres les encendieron en el pecho con mucho amor. Todo lo que ahora están creando, lo están realizando en Palenque, Chiapas, levantando su nombre y el de la familia en esa tierra querida. Cuando la marea sube, Luis González se alegra y agradece, sabe que el éxito es un regalo que hay que cuidar con amor. Y cuando la marea baja, no se deja vencer por la tristeza, recuerda las palabras del señor Larín y la señora Guille que siempre le dan calor. Así vive Luis González, con la cabeza en alto y el corazón abierto, siguiendo el ejemplo que sus padres le dejaron en el camino. La vida sigue como la marea, con sus altos y bajos seguros, pero él sabe que con fe y esfuerzo siempre llegará a buen puerto. Junto a su hermano, seguirán llevando alto el nombre de la familia, cumpliendo el sueño que el señor Larín y la señora Guille siempre quisieron ver, trabajando con esmero en tierras de Palenque, Chiapas, haciendo realidad cada meta con valor y constancia. Hoy Luis disfruta de la vida gracias a sus padres, a las enseñanzas que le dieron y todo el apoyo que recibía. Disfruta en su casa junto a toda su familia, jugando videojuegos con sus amigos y sus amistades en compañía. Así termina el corrido de este hombre de bien, quien sabe valorar lo ganado con esfuerzo y fe, Luis González lleva el legado con honor y alegría, gracias al amor de sus padres que nunca se irá.