(Verso 1)
La casa se siente gigante y vacía,
se apagaron las luces que daban mi día.
Hay un eco en el patio y otro en la cocina,
y una pena que cala, que es como una espina.
Me siento tan solo en el centro del mundo,
con un miedo de niño, voraz y profundo.
Pero miro mis manos y empiezo a entender:
lo que ustedes me dieron no se puede perder.
(Verso 2: A la Madre)
Mamá, me hace falta tu voz en la mesa,
tu mano que alivia cualquier tristeza.
Me dejaste tu amor como escudo y abrigo,
para que nunca me sienta que no estoy contigo.
Tu ternura es la calma que hoy necesito,
para sanar este llanto que sale a gritos.
(Verso 3: Al Padre)
Papá, tus zapatos marcaron la senda,
me toca ajustarme ahora la prenda.
Me dejaste el coraje para no doblarme,
y la terca costumbre de levantarme.
Tu fuerza es el mapa, tu honor mi bandera,
para dar la batalla allá afuera.
(Coro)
Y camino por tres, aunque duelan los pies,
aprendiendo a vivir otra vez y al revés.
Soy la suma del roble y la flor del jardín,
una historia de amor que no tiene fin.
Llevo en la sangre su luz y su fe:
soy el hombre que hicieron... y el que debo ser.
(Puente)
No se han ido del todo, los siento en la piel,
en el café de la tarde, en el sabor de la miel.
Son mi raíz y mi cielo, mi norte y mi sur,
curando mi alma con su propia luz.
(Cierre)
Miro hacia arriba, me seco la frente,
prometo vivirlos en mí eternamente.
Gracias, viejos, por darme la vida.
Sigo adelante... con el alma encendida.