En tus ojos vacíos, veo el rastro de la muerte,
No la de mi abuela, sino la tuya, la que ya no advierte.
Fuiste carne de su vientre, la que tanto te quiso,
Y pagaste su ternura con el golpe más preciso.
Mi abuela, la que reía, la que nos daba calma,
Hoy es un puñal frío, clavado en nuestra alma.
Y tú, cobarde y vil, envuelto en tu miseria,
Arrastrando su nombre a la más sucia miseria.
Que te pudras en vida, que el alcohol te devore,
Que cada droga que toques, tu conciencia la ignore.
Pero que su rostro amado te persiga en la sombra,
Que su último suspiro en tus sueños te asombre.
No hay perdón para el monstruo que apagó su mirada,
Solo la maldición de una vida destrozada.
Recuerdo sus historias, sus manos de ternura,
Mientras tú, rata cobarde, le dabas tu amargura.
¿Qué demonio te poseyó para cegar su luz,
Para convertir su amor en una pesada cruz?
No te llamo hijo, eres el desecho de su vida,
La vergüenza de su sangre, la que jamás se olvida.
Cada lágrima que derramo, es un fuego que te quema,
El eco de su dolor, que tu alma condena.
Que te pudras en vida, que el alcohol te devore,
Que cada droga que toques, tu conciencia la ignore.
Pero que su rostro amado te persiga en la sombra,
Que su último suspiro en tus sueños te asombre.
No hay perdón para el monstruo que apagó su mirada,
Solo la maldición de una vida destrozada.
Arrastras su memoria, la arrastras por el suelo,
Pero su amor nos guía, bajo este mismo cielo.
Y tú, maldito infeliz, solo te queda el infierno.