Buscan huesos en la arena…
pero solo hallan fe en el aire.
Dicen que caminó sobre el mar,
pero sobre el mar no quedan huellas.
Predicó verdades eternas,
con palabras nacidas de leyendas.
Y el hombre que nunca fue… aún reina entre ellas.
La historia lo nombra… sin fecha ni hogar,
ni tumba, ni rostro, ni sombra real.
El polvo del tiempo no miente jamás,
solo el miedo conserva su altar.
Y el hombre que nunca fue… vigila en su pedestal.
Adorad al Mesías de papel,
un mito vacío, un eco cruel.
El hombre que nunca fue,
reina en templos fabricados de fe.
Sin carne, sin sangre, sin ayer…
el hombre que nunca fue.
Lo alzaron en piedra, lo hicieron rey,
su rostro inventado brilló en la ley.
Mentiras vistieron su falso poder,
y el mundo adoró al hombre que nunca fue.
La sábana santa cubre el error,
no guarda fe, solo temor.
Sus hilos susurran la gran traición,
un rostro pintado… sin resurrección.
Templos del silencio pronuncian su fe,
pero su nombre se pierde en el silencio también.
Vendieron el cielo, compraron la ley,
y el oro brilló… donde el alma se fue.
“Creed, hermanos, creed en su voz”,
gritan los templos del impostor.
Pero ni Roma, ni el polvo del sol,
guardan su paso, su cruz, su dolor.
Solo el eco del hombre que nunca fue.
Adorad al Mesías de papel,
un símbolo hueco, un eco infiel.
El hombre que nunca fue,
reina en templos de poder.
Adorad su historia, escrita al revés,
por manos temblando… de poder.
El hombre que nunca fue…
No hay clavos, ni cruz, ni condena,
solo el silencio… y la escena.
El Mesías es ficción,
el creyente… su prisión.
El hombre que nunca fue…
aún reina.
Y el cielo…
sigue vacío.