Desde que te fuiste el mundo es más frío,
y mi taza de café se enfría sin sentido.
Tu sombra se cuela por mi habitación,
y aún me pregunto si fui sólo un suspiro.
Colombiana de fuego, de alma encendida,
Pereira en tu acento, en tu risa viva.
Tu pelo negro, tormenta dormida,
tu rostro, un suspiro de Dios en la vida.
Esos tatuajes, poemas sin rima,
que hablaban de amor, de rabia y de espinas.
Tal vez, tú también
miras al cielo y te asalta el ayer.
Tal vez, sin querer,
susurras mi nombre al amanecer.
O tal vez no… y soy yo
el que carga con todo el dolor.
Tal vez fui amor…
y tú, solo un adiós.
A veces te veo en mujeres que pasan,
pero ninguna camina como tú danzabas.
Tus tatuajes hablaban de historias heridas,
de amores que duelen, de causas perdidas.
No sé si aún guardas algo de mí,
un verso, un silencio, un atardecer gris.
Pero yo, sin vergüenza, confieso mi fe:
te amo aún hoy, aunque no lo estés.
Y si estás en otra vida, en otro amor,
que sepas que hay un loco en algún rincón
que aún recuerda tu piel como una oración
y guarda tu risa como salvación.
Tal vez, tú también
cuando llueve te acuerdas de aquel tren.
Tal vez, sin saber,
te detienes al pensar en el bien.
O tal vez no… y soy yo
quien no sabe soltar el reloj.
Tal vez fui amor…
y tú, solo un adiós.
Colombiana de luz…
te fuiste sin mirar atrás,
pero yo…
aún te espero en cada compás.