Mamá, tu historia comenzó lejos de aquí,
en Mazatlán, Guerrero, donde aprendiste a vivir.
Siendo apenas una niña conociste el trabajar,
ayudando a tu madre en su pequeño negocio familiar.
Tal vez no imaginabas todo lo que vendría después,
ni las pruebas que la vida pondría frente a tus pies.
Con el tiempo conociste al hombre que sería papá,
y llegaron dos regalos que Dios quiso mandar.
Primero nació Ángel, después llegó Iván,
dos pequeños en tus brazos, dos razones para luchar.
Y comprendieron que los sueños costaban mucho más,
que para darnos un futuro había que dejar todo atrás.
Papá salió primero buscando una oportunidad,
y después cruzaste tú llena de fe y voluntad.
Con tus hijos a tu lado, con temor en el corazón,
dejaste atrás tu tierra persiguiendo algo mejor.
California los recibió para volver a comenzar,
Garden Grove fue testigo de sus ganas de luchar.
Trabajaron día y noche, sin descanso y sin parar,
porque había cuatro paredes que algún día serían hogar.
En el noventa y tres llegó Jonathan a bendecir,
y en el noventa y cuatro llegué yo para seguir.
Michael fue mi nombre y aunque era pequeño entonces,
con los años entendí todo lo que escondían tus noches.
Nos fuimos a Huntington Beach, a Dairyview nuestro hogar,
un pequeño apartamento donde aprendimos a soñar.
Solo una habitación, pero sobraba corazón,
familia, fiestas, risas y tu comida con amor.
No todo fue bonito, también hubo oscuridad,
discusiones, días difíciles y momentos de ansiedad.
Hasta que llegó el día de volver a comenzar,
y aunque quedaste sola, nunca dejaste de luchar.
Yo estaba en middle school y no podía comprender
todo aquello que una madre tuvo que enfrentar y resolver.
Solo recuerdo verte trabajando sin parar,
más de un empleo si hacía falta para las cuentas pagar.
Y aunque llegaras cansada, siempre había algo que comer,
un hogar donde dormir y un motivo para creer.
Nunca dejaste que sintiéramos el peso de tu dolor,
porque convertías el cansancio en un acto de amor.
Hoy tengo treinta y dos y finalmente puedo ver
que todo lo que tú hiciste me enseñó quién debía ser.
Me enseñaste a respetar, a trabajar y no rendirme,
a cuidar de mi familia y cuando caigo, levantarme.
Me enseñaste que primero siempre debe estar Dios,
que aunque la vida duela, nunca estamos solos los dos.
Y todavía cuando hablo contigo puedo escuchar tu voz:
“Hijo, no tengas miedo, recuerda que te ama Dios.”
Mamá, si alguna vez preguntas si valió la pena luchar,
si aquellas noches sin dormir sirvieron para algo más,
mira a tus hijos, mira a tus nietos, mira alrededor,
somos fruto de tus lágrimas, tu esfuerzo y de tu amor.
Tal vez nunca pueda pagarte lo que hiciste tú por mí,
pero cada vez que lucho, hay un pedazo tuyo en mí.
Y mientras Dios me dé vida, jamás voy a olvidar
que antes de aprender a caminar, tú me enseñaste a luchar.
Mamá, gracias por tu vida, por tu fe y tu corazón.
Gracias por cada abrazo, cada plato y oración.
Si hoy soy el hombre que soy, mucho te lo debo a ti.
Y si volvier