Nació con barro en las rodillas,
con un sueño entre las manos,
un pibe que miró hacia arriba
y desafió a los gigantes.
De Fiorito hasta la gloria,
con la gambeta por bandera,
llevó una camiseta celeste y blanca
como quien lleva una promesa.
Y cuando el mundo quedó en silencio
y la historia pidió un héroe,
apareció aquel zurdo eterno
que hizo llorar hasta a los cielos.
Y aunque te juzgaron mil veces,
aunque te quisieron quebrar,
vos seguiste siendo Diego,
vos seguiste queriendo jugar.
Porque el Diez nunca se fue,
sigue jugando en nuestra piel,
sigue gritando cada gol,
sigue latiendo en el corazón.
Porque el Diez nunca se fue,
aunque ya no podamos verlo,
hay una estrella sobre el cielo
que lleva tu nombre, Diego.
Fuiste padre, fuiste amigo,
fuiste hermano de los que sueñan,
fuiste abrazo para el pueblo,
fuiste bronca contra las reglas.
Tu vida tuvo noches oscuras,
tu camino conoció el dolor,
pero nadie podrá quitarte
todo lo que diste por amor.
Porque detrás de aquel número diez
había un hombre buscando cariño,
un corazón enorme y herido,
que nunca dejó de ser aquel niño.
Y hoy cuando rueda una pelota
en un potrero de cualquier barrio,
cuando un pibe encara a la vida
con los botines embarrados…
Ahí estás vos.
Cuando alguien levanta los brazos
después de haber caído al suelo,
cuando un pueblo vuelve a creer
contra todos los pronósticos…
Ahí estás vos.
Porque el Diez nunca se fue,
sigue jugando en nuestra piel,
sigue gritando cada gol,
sigue latiendo en el corazón.
Porque el Diez nunca se fue,
aunque el cielo te haya llevado,
quedaste eterno entre nosotros,
Diego, nunca te olvidamos.
Porque el Diez nunca se fue,
porque un pueblo te hizo eterno,
y mientras exista una pelota
vas a seguir jugando en nuestros sueños.
No importa dónde estés, Diego…
acá abajo todavía te vemos.
En cada potrero,
en cada abrazo,
en cada gol…
seguís siendo el Diez.
El Diez que nunca se fue.